Itzimná
Viernes 13 de enero de 2012
El barrio actual de Itzimná en la Ciudad de Mérida, tiene antecedentes prehispánicos.
1.- Orígenes y significados primigenios del barrio.
El barrio actual de Itzimná en la Ciudad de Mérida, tiene antecedentes prehispánicos. En este trabajo glosaré el significado de la palabra para los mayas peninsulares antes de la conquista y, específicamente, la referencia religiosa al dios al que fue dedicado ese pequeño poblado prehispánico.
También describiré ese barrio ubicado al norte de la Ciudad de Mérida y que se fundó en 1542, sobre el antiguo asentamiento maya llamado de dos maneras: Ichkansiho[1] y T´ho[2]. El primer nombre del asentamiento humano puede traducirse como lugar del “ojo de la serpiente” (kan), o bien como cielo (ka’an), y el segundo nombre de la ciudad es el de un pájaro emblemático, parecido al quetzal, con el que también se identificaba aquel asentamiento. En la descripción incluyo algunas personalidades e instituciones que estuvieron alojadas en alguna época en Itzimná.
Antes de que se consumara el dominio de la parte norte de la Península, se había librado una larga lucha sobre los pueblos mayas que la ocupaban y la defendían con gran valor y arrojo. Los habitantes de la Península son conocidos por los historiadores y los antropólogos, como mayas de las tierras bajas, por contraste con los integrantes de esa etnia que vivían en las montañas de Guatemala. La conquista yucateca tardó muchos años y costó ríos de sangre que no dejó de fluir durante las frecuentes rebeliones que no cesaron por más de tres siglos, hasta el surgimiento de la gran conflagración conocida como la “guerra de castas” que se inicia en 1847 y que hizo que se disparara un torbellino de violencia y destrucción de los pobladores yucatecos, indios, mestizos y blancos en grandes cantidades[3].
Antes de la llegada de los españoles Itzimná era un pequeño poblado ceremonial dedicado al dios Itzamná[4] y no formaba parte del asentamiento principal sobre el que se construyó la ciudad de Mérida: se encontraba a una legua de las altas edificaciones centrales de T´ho y tenía muy pocos habitantes. Era en realidad un pequeño santuario ceremonial, dedicado al poderoso dios Itzamná. Si se separan las dos sílabas que componen el nombre de esa deidad, tenemos que itzam, es iguana y ná, casa; es decir el significado etimológico es “casa de iguana”. El dios se representaba de diversas formas, una de las cuales era la iguana o “cocodrilo de tierra”. Pero también se reconoce como Itzan ná, dios que moraba en el cielo y enviaba la lluvia a la tierra, con la mediación de Chaac y de los pequeños chaques. Estos últimos eran dioses diminutos de tamaño y con poca capacidad para hacer prodigios, aunque podían hacer pequeñas travesuras, como los aluxes. Los dioses pequeños, equivalentes a los gnomos de la mitología de los países nórdicos, eran los venerados por los campesinos mayas, o personas del pueblo, mientras Itzamná lo era por las personas de más alta jerarquía: sacerdotes, nobles y guerreros. Se atribuye a Itzamná haber dicho de sí mismo que era el rocío y la sustancia del cielo y de las nubes, las cuales poseía y dispensaba. Este dios era relacionado con el cielo y la tierra en interacción, o como mediador de las bondades que venían de lo alto y se entregaban a los mayas, especialmente a los campesinos que hacían producir el suelo y se aprovechaban de la fertilidad que derramaba el prodigio de la lluvia. La representación de Itzamná cuando se acercaba a la tierra era la iguana, en cambio su representación celeste eran las nubes. La figura humana con la que representaban a ese dios era la de una persona vieja con nariz larga y bifurcada (dios K), y que también se identifica en los códices y estelas con el dios D (presentado como un anciano desdentado con barbilla prominente, frecuentemente pintado de amarillo, color que representa al sol). Era pues un dios multiforme o que tomaba formas humanas (antropomorfas), distintas. Itzamná era considerado también el dios de la escritura y de los códices.
Arco maya
Itzamná, es el dios que encabeza el panteón maya, y es una figura que permitió el sincretismo con el Dios hijo del cristianismo, Jesucristo, hijo de Dios Padre. El poeta conocedor de la cultura maya, Luis Rosado Vega[5], escribió sobre esa interpretación:
“¡Oh, Zac Uinic!, gran cosa es lo que preguntas. Pero bien está que anheles saber. Preguntas de aquel que se llamó Itzamná, que fue hombre y que también fue dios. Su nombre lo dice: Casa de la Sustancia Santa, o sea del Cielo. Gran padre del pueblo Itzaex, a quien dejó como herencia mística su rostro brillante como el Sol, su corazón blanco como mazorca de maíz blanco y su mano abierta hacia todos los vientos (…) En su parte divina se dice hijo del Único, de aquel llamado Hunab Ku, de aquel a quien no se ve, pero se siente, de aquel cuya figura no es dable al hombre producir, pero que existe sin embargo, de aquel que es incambiable. Itzamná, su hijo (…) Eso afirman los libros y los dichos de los sabios.”[6]
La ciudad de Izamal ha sido considerada como la sede principal del culto a Itzamná, pero el centro ceremonial Itzimná, connurbado con Mérida desde el siglo XVIII y convertido en uno de sus barrios más pintorescos, incluye en su nombre el del dios celeste y multiforme.
Los habitantes de Itzimná, antes de la llegada de los españoles, pertenecían al cacicazgo de Ceh Pech y eran gobernados por el cacique que adoptó el nombre de Itzam Pech[7] Dice el diccionario Yucatán en el Tiempo, que “hacia 1549 (siete años después de fundada la ciudad de Mérida sobre el poblado de T´ho), el cacicazgo de Ceh Pech estaba habitado por 180 personas, muchas de ellas se trasladaron a Chuburná, cuando los españoles destruyeron su santuario y sus ídolos y en su lugar erigieron el templo donde fue venerado a partir de entonces el Cristo de las Esquipulas.”
Las construcciones altas de T´ho llevaron a los conquistadores hispanos a una asociación con la ciudad romana de Mérida, llamada así por estar dedicada a César Augusto. Se le nombraba por eso la Emérita y Augusta, o simplemente Mérida. Francisco de Montejo natural de Salamanca, pero gran admirador de la ciudad ibérica fundada por los romanos, dictó el auto de fundación y llamó a la nuestra también Mérida, la de Yucatán, para diferenciarla de la que existía en Extremadura, en la península europea. Y la dedicó a nuestra señora de la Encarnación. El capitán general Montejo, designó al primer Ayuntamiento con dos alcaldes, Gaspar Pacheco y Alonso de Arévalo, así como doce regidores escogidos entre los más destacados oficiales de las fuerzas conquistadoras.
Una de las razones para decidir el asentamiento de la cabecera provincial, fueron las constantes brisas frescas que llegaban a T´ho desde la costa marina, ubicada al nordeste distante sólo a ocho leguas, y la existencia de muchos pozos de agua cristalina, llamados por los mayas dzonot, que los españoles oyeron y pronunciaron como “cenote”. También influyeron en la decisión de hacer de T´ho’-Mérida, la cabecera de la Capitanía General de Yucatán, las buenas condiciones de salubridad que tenía el lugar.
Jardin y casa al fondo en Itzimá (calle 25)
En la última parte del período colonial, Itzimná quedó integrado a Mérida, como un barrio de casas de campo, de las familias ricas meridanas y algunas pequeñas viviendas de campesinos que tenían milpas cercanas. También había artesanos, o dueños de pequeños establos, así como sirvientes de hacendados y comerciantes importantes de la Ciudad de Mérida.
Casona de Itzimná (Calle 21)
2. Evolución del barrio.
En el año de 1572, tres décadas de fundada Mérida, la principal orden religiosa en la conquista y colonización temprana de Yucatán, los franciscanos, levantaron una capilla, sobre el templo dedicado a Itzamná, que ya ocupaba un lugar central en aquel pequeño poblado. Más tarde, erigieron un templo un tanto mayor en el que se veneró al Cristo de las Esquipulas y que también estuvo dedicado a San Miguel Arcángel. En ese templo se conserva la piedra bautismal de la capilla original del siglo XVI.
A finales del siglo XIX (1893), la Compañía de Tranvías de Mérida instaló en la placita de Itzimná un centro de juegos y diversiones que se llamó, Los Recreos de Itzimná, que empezó a atraer gente de la ciudad de Mérida, a distraerse. Mucha gente de otros barrios más céntricos conoció así el de Itzimná, que era visto como un pueblito aparte.
El templo fue ampliado hacia mediados del siglo XX. Ahora es una parroquia importante en cuyo territorio se ubica el Seminario Conciliar de Yucatán. El templo está rodeado por árboles y zonas enjardinadas, que forman una placita discreta en torno de la cual se conservan todavía algunas viviendas señoriales.
Vista actual del templo de Itzimná
Itzimná fue por mucho tiempo un barrio de Mérida, con un sabor más rural que urbano. Tuvo muchos predios de grandes dimensiones conocidos como quintas, llenas de árboles frutales de variadas especies[8], bugambilias multicolores, blanquérrimas flores de mayo, makulices morados, algarrobos gigantescos, incendiados flamboyanes y ceibas[9] de grandes dimensiones. También hubo por largos tiempos[10] se encuentran en esos predios amplios de Itzimná, hortalizas y pequeños establos con vacas lecheras. También hay que destacar la proliferación de chivas que paseaban por las calles de Itzimná, normalmente sin asfaltar hasta muy avanzado el siglo XX. Los “chiveros” recorrían casas ofreciendo leche de sus animales, que caminaban anunciándose con el sonido de sus pequeñas esquilas y sus olores caprinos tan penetrantes.
Muro lateral del templo y la plaza de Itzimná
Muchas quintas del barrio tenían “tanques” de agua que se usaban para el riego de las huertas y hortalizas, pero que también eran la delicia de los bañantes que las usaban como piscinas, con las que atemperaban el intenso calor que se experimenta en largas temporadas.
Patio enjardinado casa de Itzimná (con venado)
En los años treinta del siglo pasado, ya se había conformado la plaza en torno de la iglesia parroquial de Itzimná, con sus ocho robles y un espacio donde tocaba la banda del Estado los jueves al caer la tarde. La música empezaba a sonar a las siete de la tarde, momento en que empezaba a refrescar. Había en la plaza de Itzimná otros árboles frondosos, flamboyanes, laureles de la India, algarrobos, que recibían cientos de piches y shcáues[11] en sus ramazones. Esos pájaros, al caer la tarde cantaban estruendosamente, antes de recogerse a descansar al desvanecerse la luz del sol. Y eso sigue pasando en las zonas arboladas de la ciudad de Mérida en pleno siglo XXI. El canto de las aves en las primeras décadas del siglo XX anunciaba el tiempo en que los jóvenes iban a ver pasar a las muchachas, que hacían rondas por la plaza. Entre los arriates de plantas había “galanes de noche” que aromaban el cotilleo de las conquistas juveniles. También se percibía el aroma más tenue de las gardenias. Este tipo de paseos inspira al trovador que dice en un bambuco yucateco: “para hablar con las estrellas, en las noches perfumadas…”[12]
QQuinta de Itzimná
Las quintas, huertas y solares, se fueron fraccionando para dar cabida a casas de dimensiones menores, aunque todas con su patio, su pozo y algunos árboles frutales. Las calles empezaron a asfaltarse poco a poco, pero todavía en la segunda mitad del siglo XX, muchas calles permanecieron con terracerías. Las temporadas de lluvia anegaban intensamente esas calles y la apariencia de Itzimná se mantenía semejante a la de otros pueblos del Estado. La mayor parte de las casas delimitaban su terreno con albarradas y no con bardas. Éstas fueron apareciendo poco a poco, sustituyendo las albarradas de piedra.
La iglesia de Itzimná fue declarada parroquia por el arzobispo Fernando Ruiz y Solórzano el 25 de mayo de 1944, lo que le dio jerarquía en la ciudad de Mérida y fortaleció al barrio convirtiéndose en su principal símbolo de identidad y en el más destacado centro de reunión. La parroquia fue consagrada a la Virgen del Perpetuo Socorro.
Entrada al templo de Itzimná
A un costado de la iglesia se construyó el mercado y se instalaron pequeños comercios, abarrotes, farmacia, cantina y merenderos, con lo que se completó un cuadrante pintoresco. Un buen número de familias importantes que vivía en el centro de la ciudad de Mérida se fueron a residir a Itzimná, convirtiendo la zona en un lugar residencial. Se cambió así su caracterización de suburbio en el que se tenían casas de campo, solares con huertas, hortalizas y establos, entreverándose residencias de gran tamaño y arquitectura afrancesada.
El arzobispo Manuel Castro Ruiz constituyó a la pequeña iglesia de Itzimná como santuario mariano, el 4 de septiembre de 1987, consolidándose así su condición de centro religioso fundamental en Mérida.
En algunos terrenos de Itzimná había hortalizas con las que se surtía a varios mercados de Mérida. Varias de estas pequeñas hortalizas las manejaban chinos, que sembraban y cosechaban cilantro, perejil, hierbabuena, chiles habaneros, tomates, lechugas, rábanos y otras legumbres.
Refiriéndose a la estación de lluvias dice el poeta Roger Cicero:
“La estación de lluvias traía muchas cosas a los niños de Itzimná: se extremaban los cuidados para que no les batiera el jatzahá[13], ¡ni épale! les azotara el chiquinik[14]. Les daría catarro seguro, hasta podían pescar una pulmonía. ¡Vaya que si eran malas esas salpicadas de lluvia y, peor, los vientos de agua del poniente.”[15]
Vista lateral del templo principal de Itzimná
A la placita de Itzimná empezó a llegar, desde los últimos años del siglo XIX, se estableció la línea pionera del tranvía urbano, que iba hasta la Plaza Grande, como se llama en Mérida al zócalo, donde se encuentran la catedral, la casa del Conquistador Francisco de Montejo y los palacios de gobierno y municipal. Dice el poeta Cicero Mac-Kinney, a quien apodan “el cubano” desde que regresó de la Habana donde hizo estudios en el Colegio de Belem[16], dice sobre el tranvía del barrio (que algunos siguieron llamando pueblo) lo siguiente:
“Itzimná tenía todo. Su importancia como pueblo adscrito al municipio de Mérida propició que la Compañía de Tranvías del Centro lo convirtiera en su primera terminal de ruta, más allá de las que se establecieron en los suburbios de La Mejorada, Santa Ana y Santiago. Y es de constatar que se habla de la década que cerró el siglo XIX. Entrado el XX, en 1918, don Ismael González –puntualizan las enciclopedias yucatecas- importó de los Estados Unidos el primer “ómnibus” y lo puso en servicio fijo para los vecinos de Itzimná y demás gentes que querían trasladarse al pueblo.
“El ómnibus del señor González, un segundo vehículo similar traído por el empresario español José Fernández, y un tercero que se puso en circulación, conducido por Manuel Serrado, hicieron que la Compañía de Tranvías fuese sustituyendo a las mulas que tiraban de ellos, por lo motorcitos de cuatro cilindros y los 18 caballos de fuerza que traían los novedosos fotingos –automóviles Ford- con lo que la compañía prolongó por unos pocos años más su vida. Al fin despareció para siempre. Hasta los restos férreos de sus vías sepultadas bajo el peso de los adoquines franceses o el asfalto de las calles, o arrancadas que fueron sin importar el dolor que la tradición y la costumbre meridanas sentirían.”[17]
Casa de la Familia Cicero, esquina de las calles 19 cruce con 18 (Centro de Itzimná)
Un párrafo más del poeta Roger Cicero, que habla con espiritualidad de su barrio: Itzimná pone a buen recaudo sus solares baldíos y las brechas hacia los x’lapaches que lo circunvalan; mete cantos de nacencia y oraciones fúnebres a sus cajas subterráneas de silencio, para preservar sus goces y sus lágrimas. También mete los trinos y mugidos, cencerros; el rastreo inaudible de los escarabajos y las reventazones, rojas, de los flamboyanes.”[18]
Los transportes urbanos de Mérida tirados que llegaban a Itzimná, además del tranvía, eran de varios tipos: victorias, calesines, cabrioles, landós y coches calesa[19] todos tirados por caballos. Estos últimos subsisten recorriendo las calles de Mérida sobre todo para llevar turistas a distintas parte de la ciudad. Los fotingos que se usaron como taxis y crearon sitios de coche que también proliferaron en las distintas colonias de Mérida durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado. También en esas décadas funcionaron empresas de autobuses urbanos que llamaban “guaguas”, como se las llama en otros países de la zona, marcadamente en Cuba y Puerto Rico.
La plaza y otras zonas de Itzimná empezaron a ver la proliferación de mansiones y casas señoriales. Una de ellas muy destacada es la que describe el poeta Cicero Mac-Kinney, en la esquina de las calles 18 y 19, en un extremo de la placita de Itzimná. Otra es la casona de las señoritas Alonso, que describe el poeta con bastante detalle, está ubicada en otra esquina de la calle 20.
Había cerca del centro del barrio una pequeña subestación del ferrocarril de vía ancha, que todavía llega a ese barrio en pleno siglo XXI. En pocas ciudades de México el ferrocarril, llega hasta zonas céntricas. En Mérida pasa por Itzimná que en pleno siglo XXI se considera parte del centro histórico de la ciudad, si bien la estación del ferrocarril y las instalaciones en torno de ella que estaban en pleno centro, han sido canceladas.
Plano actual de Itzimná (delimitado por línea solferina)
Otra institución notable en Itzimná es el Seminario Conciliar de Yucatán, que está ubicado en la calle 18 #78, entre las calles 17 y 17B[20]. El Seminario fue fundado por el Obispo Fray Francisco de Buenaventura, designado por el Papa Benedicto XIV en 1745. Su primera ubicación fue en los patios traseros de la casa obispal, fue levantado en el costado sur de la iglesia catedral e inaugurado en 1751. En ese Seminario estudiaron algunos próceres yucatecos como don Andrés Quintana Roo, don Lorenzo de Zavala y Sáenz, don Manuel Crecencio García Rejón y el doctor Justo Sierra O’Reilly. Al entrar en vigor las leyes de reforma, el Seminario es clausurado y así permanece por tres años, de 1861 a 1864. Se reabre en 1867 en una quinta solariega, San Pedro, ubicada en el barrio de Chuminópolis, que es incautada en 1915 por el gobernador preconstitucional de Yucatán, general Salvador Alvarado. El Seminario vuelve a abrir sus puertas en 1939 en Itzimná, en la casona con grandes patios que fue de doña Guadalupe Rivas viuda de Aznar.[21] Allí se mantiene hasta nuestros días y parece que por mucho tiempo más.
Una escuela que tiene uno de sus edificios principales bordeando la plaza de Itzimná es el Colegio Montejo. O ocupa un gran terreno en una calle que forma el gran cuadrado donde está la iglesia pintada de rojo. No siempre estuvo allí el Colegio Montejo de los Hermanos Maristas, antes el Colegio Montejo fundado por la Congregación de los Hermanos Maristas, en 1930, a petición del Arzobispo Martín Tristschler y Córdova. Ya los maristas habían hecho trabajo en Yucatán, estableciendo escuelas de artes y oficios en distintas partes. Los gobiernos de la Revolución cerraron esas escuelas en 1914 y los maristas se fueron de la entidad. Y regresaron por la petición episcopal de fundar un colegio que impulsara la educación cristiana. El primer Colegio, que adoptó el nombre del conquistador de la península yucateca, se ubicó en la calle 63, muy cerca de la “Plaza Grande” en el centro de la ciudad. Después de unos años se traslado a la enorme casa que construyera don Ricardo Gutiérrez González, en la calle 60. En 1954, dejaron esa casona para alojar allí el colegio anexo, en el que recibían niños de familias con escasos recursos, y se trasladaron a los nuevos edificios que construyeron en Itzimná. Se ubicó el Colegio Montejo en lo que fue por muchos años el parque de base ball de Itzimná. En 1960, sumó ese Colegio los estudios de Preparatoria, a los de primaria y secundaria que había venido sosteniendo, en las mismas instalaciones de Itzimná[22].
Colegio Montejo de Itzimná
3. Personajes de Itzimná.
El pueblo o barrio adquiere su talante no sólo por ser un viejo asentamiento prehispánico, sobre el que se colocó un templo católico, se construyeron casas de descanso, se desarrollaron establos, hortalizas huertas, ferias y fiestas, sino por las personas notables que habitaron ahí. Voy a presentar a algunos de ellos que dejaron huella profunda según nos dicen dos escritores. Voy a contarles un poco sobre personajes memorables que vivieron largamente y disfrutaron ese barrio entrañable de Mérida. El sitio ha sido caracterizado como “pueblo de poetas”, por don Eduardo Tello Solis, médico dentista que habitó en Itzimná y escribió ensayos sobre el pintoresco lugar[23]. Y es cierto que algunos poetas y escritores yucatecos gustaban de pasearse por la plaza de Itzimná.[24] El doctor Tello nos cuenta de varios poetas que moraban en el barrio: Roger Cicero (del grupo “Voces Verdes”), Fernando Espejo (“Voces Verdes”), Carlos Moreno Medina, Jorge Peniche (“el señor de Itzimná”, lo llama) y don Leopoldo Peniche Vallado.
Casa familia Alonso en esquina de la placita de Itzimná (convertida en restorán)
El doctor Tello Solís escribió una novela que transcurre en Itzimná, Bodas de Oro.[25] Es una narración costumbrista en la que denuncia las prácticas racistas de Yucatán y describe personajes pintorescos que conviven en el barrio. Entre ellos está don Max Salazar Primero, poeta del crucero, aunque le pese al mundo entero…Max habitaba una casucha de madera en el crucero del tren que atravesaba Itzimná. Era peluquero de oficio y hacia versos chuscos y ripiosos a la menor provocación o sin ella. Ejercía su oficio a domicilio donde iba recitando su versos, con los que pretendía ganar una propina más amplia. Era uno de los personajes típicos que moraba en Itzimná, que llegó a imprimir sus versos en libritos que vendía por las calles, para completar sus ingresos.
El doctor Tello describe las quintas de descanso, con sus huertos y sus tanques (piscinas) para refrescar a sus dueños; el mercado colocado en el lado sur de la iglesia; la estación de ferrocarril; la cantina, la tienda de abarrotes, la farmacia y el consultorio médico en torno de la placita de Itzimná; los juegos de baseball que tenían lugar en el parque al que llegaban incluso peloteros cubanos de enorme capacidad deportiva y, desde luego, las actividades religiosas que tenían lugar en torno del templo: catecismo de Ripalda para los niños, misas, velaciones, rosarios y ofrecimiento de flores que hacían fundamentalmente las niñas del barrio.
Para concluir este ensayo presento a cuatro personajes que se identificaron con el barrio y dejaron huella profunda en el. Empiezo con el sabio mayista don Juan Martínez Hernández (1866-1959). Don Juan es una leyenda de Itzimna, fue un científico y un estudioso fundamental del mundo maya internacionalmente reconocido, que no sólo incursionó en las ciencias duras, la matemática y la física, sino que estudió ampliamente derecho, historia, antropología y arqueología. Fue un traductor e intérprete de textos en lengua maya. Realizó sus estudios de primaria y secundaria en el ya desaparecido Colegio católico de San Ildefonso, para después trasladarse a la capital de los Estados Unidos, donde curso un programa de bachillerato (Bachelor of Arts), en la Universidad de Georgetown, Washington. En ese bachillerato, que es en varios aspectos equivalente a nuestra licenciatura, estudió leyes, aunque no se inclinó después a seguir la carrera de abogado.
Además de sus estudios escolares y universitarios, don Juan fue desde joven un aficionado a la música y pronto se convirtió en un pianista consumado. Y en esa condición se presentó durante el curso de su vida a un gran número de veladas familiares y también conciertos formales y ejecuciones de música de cámara. También fue un ser humano que disfrutó intensamente la naturaleza y en especial el mar. Esta última afición lo llevó a graduarse como capitán de barco el 30 de mayo de 1943; su examen lo presentó en la Capitanía del Puerto de Progreso.
Pero lo más destacado y trascendente que hizo en el ámbito intelectual fueron sus estudios sobre la civilización maya. En 1913, a los 47 años, fue nombrado inspector y conservador de monumentos arqueológicos en el Estado de Yucatán, cargo que desarrolló ampliamente durante el gobierno preconstitucional del general Salvador Alvarado. La inspiración mayor para sus estudios de la cultura maya, los tuvo al leer el libro del inglés John L. Stephens, Incidentes de un viaje a Yucatán. Con su formación de matemático, analizó especialmente el calendario maya y la invención del cero que logró ese pueblo. Publicó al respecto numerosos ensayos y artículos periodísticos por los que fue reconocido y premiado en México y en Estados Unidos, donde fue incorporado a la Academia de Ciencias Sociales y Políticas de Filadelfia (Academy of Social and Political Sciences). Fue presidente regional (en Yucatán) de la Alianza Científica Universal con sede principal en Paris y socio de número, del Instituto Our World, de Nueva York. Participó activamente en los congresos internacionales de americanistas.
Entre los trabajos más destacados de don Juan hay que citar su pionero Estudio acerca del Calendario Maya (1907); en el que hace una comparación entre los calendarios juliano y gregoriano, con el que lograron los miembros de la etnia mesoamericana; dos años después de ese libro publicó el Chilam Balam de Maní, o Códice Pérez (1909). Analizó luego otro libro importante de los mayas, el Chilam Balám de Chumayel y publicó un ensayo sobre Los grandes Ciclos en la Historia Maya (1910). Tres años después presentó otra obra formidable, La creación del mundo según los mayas, que incluye traducciones suyas de aquel Chilam Balám de Chumayel. Escribió y tradujo de la lengua maya otros textos fundamentales: en 1915, La muerte de los ahpulhaob; en 1918, Correlación entre la cronología maya y la cristiana, que incluye las fechas de muchos monumentos de esa cultura, y la Crónica del Yaxkukul por Ah Macan Pech y Ah Nahum Pech [26]; al año siguiente (1919) trabajó en la petición de Juan Xiu, que se encuentra en la página 102 del Chilam Balám de Chumayel, que se publicó en 1920; otros tres ensayos sobre el Chilam Balam los publicó explicándolos: El testamento de Andrés Pat, el Libro de Cacalchén y las Ordenanzas de don Diego García Palacios, que realizó con la colaboración de Adela C. Bretón. También hizo comparaciones entre los calendarios maya y azteca y su correlación con los calendarios cristianos (1926) y la “Crónica de Yaxkukul”, que aparecieron en el Diario de Yucatán como artículos.
Don Juan vivía en una quinta de Itzimná, llamada Santa Rosalía, que estaba ubicada a la orilla de la siguió estudiando distintos aspectos de la vía del tren[27] ultura maya y después sobre la planta del henequén hasta su muerte a los noventa y tres años. Por varias decenas de años vivió en Itzimná y fue uno de los hombres más respetados del barrio, colaboró con el arqueólogo Erik S. Thompson y lo ayudó a descifrar el calendario maya. Juntos dieron al mundo la Correlación Goodman-Martínez Hernandez-Thompson, que “tiende el puente entre el calendario maya y el cristiano, correlación que se mantiene vigente”, según nos dice don Roger Cicero Mac-Kinney[28].
Don Juan, como los poetas, se paseaba algunas tardes por la plaza de Itzimná que distaba dos esquinas de su casa. Y allí, caminando tomaba el fresco y saludaba a sus vecinos que le respondían afectuosamente.
Un segundo personaje de Itzimná fue don Humberto Lara y Lara (1906-1981), nacido en Hopelchén, Campeche y fallecido en su casa de Itzimná, en la curveada Avenida Pérez Ponce. Estudió en el Instituto de Estudios Literarios fundado por don Olegario Molina y luego estudió derecho en la escuela respectiva durante cuatro años sin llegar a recibirse como abogado. Fue profesor de diversas escuelas públicas y privadas; enseñó geografía, dibujo y literatura. También impartió algunos cursos en la escuela de Antropología de la Universidad de Yucatán.
Don Humberto vivió muchos años en la famosa Avenida Pérez Ponce, donde también moraron otros poetas. Esa avenida conecta Itzimná con el Paseo Montejo, llegando a la glorieta donde está la estatua del doctor Justo Sierra O´Reilly y a la zona hotelera de Mérida.
Como un producto de sus cursos literarios, publicó dos tomos (1939-1941) titulados Resumen Histórico Crítico de la Literatura Española e Hispanoamericana, que se sigue usando en las escuelas secundarias de Yucatán. El año de 1941, editó el ensayo El Ejido Henequenero de Yucatán. En diversos ensayos se ocupó de la reforma agraria del Estado. También escribió poesía y el año de 1952 publicó su Poema de Amor Perdido, con tonos eróticos. Años más tarde publicó otros poemarios, Canto a mi Raza y a su Apóstol; en este libro hay varios poemas que fueron musicalizados[29]. Por su contribución a la canción yucateca, en 1977 recibió la Medalla Guty Cárdenas. Incursionó también en el ámbito de la novela y publicó en 1980 un año antes de morir, Don Toribio de la Tetera, del género satírico.
También ocupó diversos cargos políticos: fue diputado, secretario particular y oficial mayor del gobernador Fernando López Cárdenas. En el ámbito periodístico fue por largo tiempo colaborador del Diario del Sureste, en el que acabó como director que lo fue por quince años (1937-1952). En ese periódico publicó cuentos, leyendas y versos.
El cuarto protagonista es don Leopoldo Peniche Vallado (1908- 2000).
Don Leopoldo fue un polígrafo: ensayista, dramaturgo, crítico, historiador y periodista. Nació en la ciudad de Mérida. Hizo estudios hasta el bachillerato en el Instituto Literario del Estado. Después cursó la carrera de Derecho en la Universidad Nacional del Sureste, creada por Felipe Carrillo Puerto. Empezó a colaborar en el Diario del Sureste el año de 1931, donde realizó distintas funciones en la redacción como jefe de esa sección y finalmente subdirector del periódico. A nivel nacional fue colaborador del suplemento México en la Cultura de la Revista Siempre!, de la Revista de Cultura que publicaba semanalmente el diario El Nacional. Escribió veinte libros de distintas materias, entre las que destacan Henequén, evocación dramática (1961), por el que recibió el premio en el Concurso Nacional de teatro que otorgó el Instituto Nacional de Bellas Artes; al año siguiente, recibió el premio al teatro regional del mismo INBA. Entre sus obras de teatro hay que destacar, además las obras La Alcaldesa, Memorias de uno de tantos, El doctor está en consulta, Las Molineras de Chic-bul, En Mérida y en una casa, ¿Qué haría usted en mi lugar? Le quedaron sin publicar varias obras de teatro, algunas de ellas pensadas como teatro de masas
Los ensayos de don Leopoldo son numerosos y se refieren a temas políticos e históricos. Vale la pena citar algunos: Promotores e historiadores de la Rebelión maya de 1847 en Yucatán (1980), Visión de Yucatán (1983) Antonio Mediz Bolio: personalidad y obra (1985), La obra de Ricardo Mimenza Castillo, Literatura de la Revolución Mexicana, En Torno a Pigmalión y al Teatro de Shaw, La poesía en Yucatán y Delio Moreno Cantón, ensayo de biografía crítica. Sus memorias se publicaron con el título Sombras de Palabras (1987).
Ocupó cargos públicos en diversos gobiernos, muy destacadamente en el de don José González Beytia: secretario particular del gobernador, diputado local y secretario general de gobierno. Fue director de la biblioteca pública, Manuel Cepeda Peraza y director general de Bellas Artes del Estado.
Recibió todas las medallas al mérito que se otorgan en Yucatán y recibió el premio de periodismo José Pagés Llergo.
Don Leopoldo fue uno de los más destacados intelectuales yucatecos que ha vivido en Itzimná. Con su nombre se han fundado varias instituciones de cultura.
Bibliografía selecta.
Cicero Mac-Kinney, Roger, La Casa, Círculo de Estudios Humanísticos de Yucatán, A.C., Mérida, 2004.
Duch Colell, Juan, Ayeres en desorden, Universidad Autónoma de Yucatán, Mérida, Yucatán, 1994.
Enciclopedia Yucatanense, Edición Oficial del Gobierno del Estado de Yucatán, México, 1977.
Tello Solis, Eduardo, Itzimná Pueblo de Poetas, Universidad Autónoma de Yucatán, Mérida, 2001.
Tello Solis, Eduardo, Bodas de Oro, Ediciones del Banco del Atlántico, Mérida, Yucatán, 1982.
Yucatán en el Tiempo, Enciclopedia Alfabética, primera edición, 1998.
[1] ) De la lengua maya: Ich, ojo o faz; ka’an, cielo, siho, lugar. El Diccionario Maya Cordemex, dice que Ich Ka’an Siho’, quiere decir “faz del nacimiento del cielo”, nombre original que se dio al asentamiento maya sobre el que se construyó Mérida.
[2] ) También se le llama Ti’-ho’, nombre que se da a un pájaro de cola larga, parecido al quetzal, pero más pequeño.
[3] ) En la llamada guerra de castas, sobre todo en su etapa más intensa (1847-1852), murieron poco más de doscientas mil personas. Su muerte fue causada por las armas de ambos bandos, por el hambre, la peste y otras enfermedades. También escaparon al exilio decenas de miles de personas, o fueron enviados a trabajar a Cuba miles de indios mayas rebeldes.
[4] ) Itzamná, fue el hijo del gran dios maya o dios único, Hunab Kú. Dice Sylvanus Morley: ”Hunab ku, significa precisamente eso en maya: de hun uno, ab, existir y ku, dios. La Civilización Maya, FCE, México, 1989, pág. 204. Hunab Ku aparentemente no tuvo un gran protagonismo en el pueblo maya. En cambio su hijo, Itzamná si jugó un papel muy importante en la vida del pueblo maya. Dice Morley que fue el jefe del panteón maya, y en los códices aparece representado como un viejo de mandíbulas sin dientes y carrillos hundidos” Op. Cit. pág. 210.











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