En
memoria de Jaime Sabines
Con su venia ciudadano Presidente,
Ciudadanas y ciudadanos Diputados:
El viernes pasado, como dijera el poeta fundamental de México,
Jaime Sabines:
“amaneció
el presagio al pie de la cama
Largos
vestidos negros en el aire andan
Un
gusano le casca el corazón al día
Y
el miedo aulló en el alma.”
Porque
el poeta mayor de México se iba irremediablemente, después
de trágicos años y meses de lucha contra el cáncer
que lo carcomía por dentro y lo derrumbaba, pocos días
antes de que cumpliera 73 años.
Jaime Sabines consideraba a Tagore como su gran maestro y como
su abuelo poético a Omar Khayam. Entre los grandes bardos
latinoamericanos que lo influyeron estaban Pablo Neruda, César
Vallejo y Ramón López Velarde, y pensaba que Dostoyevsky
y Juan Rulfo eran poetas, aunque hubieran escrito solamente prosa,
novelas y cuentos. Federico García Lorca lo deslumbró
con sus metáforas y su plástica desbordante.
Para Octavio Paz, también portador magnífico de
la lira y de la crítica, que nos abandonara recientemente,
Sabines fue un poeta expresionista que tenía saltos constantes
y caidas. Lo consideraba uno de los mejors poetas contemporáneos
no sólo de nuestro país, sino de nuestra lengua.
Dice Paz: “ Muy pronto, desde su primer libro, encontró
su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera,
piedra rodada y verdinegra, veteada por esas líneas sinuosas
y profundas que trazan en los peñascos el rayo y el temporal.
Mapas pasionales, signos de los cuatro elementos, jeroglíficos
de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas
y los otros líquidos y substancias con que el hombre dibuja
su muerte –o con los que la muerte dibuja nuestra imagen
de hombres”. ( Obras Completas, 4, Generaciones y Semblanzas,
FCE, México 1994, pág. 295)
Paz
lo describe con admiración cruda, en sus “violentas
y apasionadas relaciones con el lenguaje (verdugo enamorado de
su víctima golpea las palabras y ellas le desgarran el
pecho), en su realismo de hospital y burdel, en su fantasía
genésica, en sus momentos pedestres, en sus momentos de
iluminación. Su humor es una lluvia de bofetadas, su risa
termina en un aullido, su cólera es amorosa y su ternura,
colérica.” En su poesía “Pasa del jardín
de la infancia a la sala de cirugía. Para Sabines -dice
Paz-, todos los días son el primer y el último día
del mundo.” (Op. Cit. , págs. 125 y 126).
Desde su poemario Maltiempo (1972), como lo confirmó recientemente
su familia, Sabines nos dice cómo le gustaría morir
y ser enterrado. Nos dice: “ Me gustaría cuidar mis
funerales: nadie llorando, los encargados del oficio, gente decente.
De una vez solo hasta un lugar lejano, sin malas compañías.
O incinerado, estupendo. Cualquier río, laguna, charco,
alcantarilla: todo lugar sagrado. No me acostumbro a vivir.”
Muchos
poemas de Sabines sobre la muerte se vienen en cascada a la memoria.
Y no sólo a la de algunos dilectos enterados, sino al recuerdo
de muchos mexicanos de todos los medios sociales, en los que la
poesía privilegiada del poeta chiapaneco ha tenido notable
impacto. Puede afirmarse que es dificil encontrar personas interesadas
en nuestra poesía aunque sea en pequeña medida,
que no conozcan poemas de Sabines, porque los han hecho suyos,
porque los han identificado con lo que somos y sentimos y nos
duele a los mexicanos. Están en nuestra memoria colectiva
Tarumba , el largo poema que se publicó por primera vez
en 1956, brotan del recuerdo Los Amorosos y, desde luego, Algo
sobre la Muerte del Mayor Sabines, su amado padre. Y en materia
de agonías y muerte de honda caladura están los
recuerdos sobre su solterona Tía Chofi , virgen definitiva
y, por supuesto, sobre el final de su madre, con el aleteo de
pájaros quemados en sus entrañas. A través
de los trances de muerte nos hablaba de la vida a la que amaba
intensamente, describía con regocijo y maldecía
como lo hace un creyente cuando profiere blasfemias.
La
muerte que es un tema fundamental de la cultura mexicana, herencia
mestiza que llega por ambas vertientes, la mesoamericana y la
española, la de poetas como Nezahualcóyotl y como
Jorge Manrique, para mencionar a dos emblemáticos. La del
primero, que entre muchas cosas dijo, preparándonos para
la muerte:
“Como
una pintura
nos iremos borrando,
como una flor
hemos de secarnos
sobre la tierra,
cual ropaje de plumas
del quetzal, del zacuán,
del azulejo, iremos pereciendo.”
O la de Manrique En las Coplas a la Muerte de su padre:
“Nuestras
vidas son los ríos
Que van a dar en la mar,
Que es el morir;
Allá van los señoríos
Derechos a se acabar
Y consumir;
Allí los ríos caudales,
Allí los otros medianos
Y más chicos,
Allegados, son iguales
Los que viven por sus manos
Y los ricos”
Y desde luego, nuestro poeta, en ese soneto vivo, que se incluye
en su formidable poema “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”:
“Morir
es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.
Morir es olvidar, ser olvidado,
Refugiarse desnudo en el discreto
Color de Dios, y en su cerrado
Puño, crecer igual que un feto.
Morir es encenderse bocabajo
Hacia el humo y el hueso y la caliza
Y hacerse tierra y tierra con trabajo.
Apagarse es morir, lento y aprisa,
Tomar la eternidad como a destajo
Y repartir el alma en la ceniza.
Los dos términos fundamentales de la poesía de Sabines,
fueron amor y muerte. Y el amor para el poeta es el aprendizaje
de la muerte. Como la muerte es la posibilidad mayor de valoración
de la vida y de los amores que de ella brotan y hacen exclamar
al poeta frente al cuerpo inerte de quien le diera la vida:
“Tú
eres un racimo, madre, un ramo, una fronda, un bosque un río.
Todo igual a tu nombre, doña Luz, Lucero, Lucha, manos
llenas de arroz, viejecita sin años, envejecida sólo
para parecerte a los vinos.”
Tarumba es su formidable poema, probablemente el más vital,
animado, comunal y sensual de cuantos escribiera Sabines:
“Ay,
Tarumba, tú ya conoces el deseo.
Te jala, te arrastra, te deshace,
Zumbas como un panal.
Te quiebras mil y mil veces.
Dejas de ver mujer cuatro días
Porque te gusta desear,
te
gusta quemarte y revivirte,
te gusta pasarles la lenga de tus ojos a todas.
Tú, Tarumba, naciste en la saliva,
quién sabe en que goma caliente naciste.
Te castigaron con darte sólo dos manos.
Salado Tarumba, tienes la piel como una boca
y
no te cansas.”
El poeta contradictorio de los saltos constantes, no se acostumbra
a vivir pero no quiere morir, tampoco se resigna a hacerlo, nos
resume a todos, y dice así en versos de Tarumba:
“
La primera lluvia del año moja las calles,
abre el aire,
humedece mi sangre.
¡Me
siento tan a gusto y tan triste, Tarumba,
viendo caer el agua desde quién sabe,
sobre tantos y tanto!
Ayúdame a mirar sin llorar,
ayúdame
a llover yo mismo sobre mi corazón
para
que crezca sobre la planta del chayote
o
como la yerbabuena.
¡Amo
tanto la luz adolescente
de
esta mañana
y
su tierna humedad!
¡Ayúdame,
Tarumba, a no morirme,
a
que el viento no desate mis hojas
ni
me arranque de esta tierra alegre!”
Nuestro homenaje al poeta Sabines, no puede ser otro que el de
traer los mejores recuerdos de su poesía, con algunos recuentos
poemarios y una íntima tristeza expresionista. También
recordamos que Sabines fue legislador y que esta fue su casa,
en la que hoy guadaremos sielencio en su memoria. Descanse en
gozo, y que su Dios, tan presente en sus renglones vibrantes y
angustiados, lo tenga en la gloria con su padre el Mayor, su madre
doña Luz, su tía Chofi, sus amigos de La espiga
amotinada y tantos otros que lo precedieron en el camino de la
eternidad.
|