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San Lázaro, a 23 de marzo de 1999

Francisco J Paoli Bolio.

En memoria de Jaime Sabines


Con su venia ciudadano Presidente,

Ciudadanas y ciudadanos Diputados:

El viernes pasado, como dijera el poeta fundamental de México, Jaime Sabines:

“amaneció el presagio al pie de la cama

Largos vestidos negros en el aire andan

Un gusano le casca el corazón al día

Y el miedo aulló en el alma.”

Porque el poeta mayor de México se iba irremediablemente, después de trágicos años y meses de lucha contra el cáncer que lo carcomía por dentro y lo derrumbaba, pocos días antes de que cumpliera 73 años.

Jaime Sabines consideraba a Tagore como su gran maestro y como su abuelo poético a Omar Khayam. Entre los grandes bardos latinoamericanos que lo influyeron estaban Pablo Neruda, César Vallejo y Ramón López Velarde, y pensaba que Dostoyevsky y Juan Rulfo eran poetas, aunque hubieran escrito solamente prosa, novelas y cuentos. Federico García Lorca lo deslumbró con sus metáforas y su plástica desbordante.

Para Octavio Paz, también portador magnífico de la lira y de la crítica, que nos abandonara recientemente, Sabines fue un poeta expresionista que tenía saltos constantes y caidas. Lo consideraba uno de los mejors poetas contemporáneos no sólo de nuestro país, sino de nuestra lengua. Dice Paz: “ Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera, piedra rodada y verdinegra, veteada por esas líneas sinuosas y profundas que trazan en los peñascos el rayo y el temporal. Mapas pasionales, signos de los cuatro elementos, jeroglíficos de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas y los otros líquidos y substancias con que el hombre dibuja su muerte –o con los que la muerte dibuja nuestra imagen de hombres”. ( Obras Completas, 4, Generaciones y Semblanzas, FCE, México 1994, pág. 295)

Paz lo describe con admiración cruda, en sus “violentas y apasionadas relaciones con el lenguaje (verdugo enamorado de su víctima golpea las palabras y ellas le desgarran el pecho), en su realismo de hospital y burdel, en su fantasía genésica, en sus momentos pedestres, en sus momentos de iluminación. Su humor es una lluvia de bofetadas, su risa termina en un aullido, su cólera es amorosa y su ternura, colérica.” En su poesía “Pasa del jardín de la infancia a la sala de cirugía. Para Sabines -dice Paz-, todos los días son el primer y el último día del mundo.” (Op. Cit. , págs. 125 y 126).

Desde su poemario Maltiempo (1972), como lo confirmó recientemente su familia, Sabines nos dice cómo le gustaría morir y ser enterrado. Nos dice: “ Me gustaría cuidar mis funerales: nadie llorando, los encargados del oficio, gente decente. De una vez solo hasta un lugar lejano, sin malas compañías. O incinerado, estupendo. Cualquier río, laguna, charco, alcantarilla: todo lugar sagrado. No me acostumbro a vivir.”

Muchos poemas de Sabines sobre la muerte se vienen en cascada a la memoria. Y no sólo a la de algunos dilectos enterados, sino al recuerdo de muchos mexicanos de todos los medios sociales, en los que la poesía privilegiada del poeta chiapaneco ha tenido notable impacto. Puede afirmarse que es dificil encontrar personas interesadas en nuestra poesía aunque sea en pequeña medida, que no conozcan poemas de Sabines, porque los han hecho suyos, porque los han identificado con lo que somos y sentimos y nos duele a los mexicanos. Están en nuestra memoria colectiva Tarumba , el largo poema que se publicó por primera vez en 1956, brotan del recuerdo Los Amorosos y, desde luego, Algo sobre la Muerte del Mayor Sabines, su amado padre. Y en materia de agonías y muerte de honda caladura están los recuerdos sobre su solterona Tía Chofi , virgen definitiva y, por supuesto, sobre el final de su madre, con el aleteo de pájaros quemados en sus entrañas. A través de los trances de muerte nos hablaba de la vida a la que amaba intensamente, describía con regocijo y maldecía como lo hace un creyente cuando profiere blasfemias.

La muerte que es un tema fundamental de la cultura mexicana, herencia mestiza que llega por ambas vertientes, la mesoamericana y la española, la de poetas como Nezahualcóyotl y como Jorge Manrique, para mencionar a dos emblemáticos. La del primero, que entre muchas cosas dijo, preparándonos para la muerte:

“Como una pintura

nos iremos borrando,

como una flor

hemos de secarnos

sobre la tierra,

cual ropaje de plumas

del quetzal, del zacuán,

del azulejo, iremos pereciendo.”

O la de Manrique En las Coplas a la Muerte de su padre:

“Nuestras vidas son los ríos

Que van a dar en la mar,

Que es el morir;

Allá van los señoríos

Derechos a se acabar

Y consumir;

Allí los ríos caudales,

Allí los otros medianos

Y más chicos,

Allegados, son iguales

Los que viven por sus manos

Y los ricos”

Y desde luego, nuestro poeta, en ese soneto vivo, que se incluye en su formidable poema “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”:

“Morir es retirarse, hacerse a un lado,

ocultarse un momento, estarse quieto,

pasar el aire de una orilla a nado

y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,

Refugiarse desnudo en el discreto

Color de Dios, y en su cerrado

Puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo

Hacia el humo y el hueso y la caliza

Y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa,

Tomar la eternidad como a destajo

Y repartir el alma en la ceniza.

Los dos términos fundamentales de la poesía de Sabines, fueron amor y muerte. Y el amor para el poeta es el aprendizaje de la muerte. Como la muerte es la posibilidad mayor de valoración de la vida y de los amores que de ella brotan y hacen exclamar al poeta frente al cuerpo inerte de quien le diera la vida:

“Tú eres un racimo, madre, un ramo, una fronda, un bosque un río. Todo igual a tu nombre, doña Luz, Lucero, Lucha, manos llenas de arroz, viejecita sin años, envejecida sólo para parecerte a los vinos.”

Tarumba es su formidable poema, probablemente el más vital, animado, comunal y sensual de cuantos escribiera Sabines:

“Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo.

Te jala, te arrastra, te deshace,

Zumbas como un panal.

Te quiebras mil y mil veces.

Dejas de ver mujer cuatro días

Porque te gusta desear,

te gusta quemarte y revivirte,

te gusta pasarles la lenga de tus ojos a todas.

Tú, Tarumba, naciste en la saliva,

quién sabe en que goma caliente naciste.

Te castigaron con darte sólo dos manos.

Salado Tarumba, tienes la piel como una boca

y no te cansas.”

El poeta contradictorio de los saltos constantes, no se acostumbra a vivir pero no quiere morir, tampoco se resigna a hacerlo, nos resume a todos, y dice así en versos de Tarumba:

“ La primera lluvia del año moja las calles,

abre el aire,

humedece mi sangre.

¡Me siento tan a gusto y tan triste, Tarumba,

viendo caer el agua desde quién sabe,

sobre tantos y tanto!

Ayúdame a mirar sin llorar,

ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón

para que crezca sobre la planta del chayote

o como la yerbabuena.

¡Amo tanto la luz adolescente

de esta mañana

y su tierna humedad!

¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,

a que el viento no desate mis hojas

ni me arranque de esta tierra alegre!”

Nuestro homenaje al poeta Sabines, no puede ser otro que el de traer los mejores recuerdos de su poesía, con algunos recuentos poemarios y una íntima tristeza expresionista. También recordamos que Sabines fue legislador y que esta fue su casa, en la que hoy guadaremos sielencio en su memoria. Descanse en gozo, y que su Dios, tan presente en sus renglones vibrantes y angustiados, lo tenga en la gloria con su padre el Mayor, su madre doña Luz, su tía Chofi, sus amigos de La espiga amotinada y tantos otros que lo precedieron en el camino de la eternidad.